xavier franquesa galeria illacions entrevista slowkind
Xavier Franquesa & Il·lacions – Diseño, interiorismo y arte.
Fotografía, Storytelling

El nombre de Xavier Franquesa resuena últimamente en los medios, en buena parte, gracias a la aplaudida exposición “Inferències” que se puede visitar hasta el próximo 30 de junio en su galería Il·lacions. Se trata de una muestra colectiva de diseño contemporáneo que, en pleno corazón de La Rambla de Barcelona, reúne una setentena de piezas creadas por los artistas locales más potentes del momento en colaboración con otros relevantes creadores internacionales.

Como todo éxito, el camino para alcanzarlo ha sido tan largo como sinuoso. Si bien Xavier Franquesa fundó Il·lacions hace más de diez años, lo cierto es que el arte y el diseño ya eran dos elementos imprescindibles desde mucho antes para este prolífico interiorista, experto en dotar de personalidad cualquier proyecto arquitectónico.

¿Cuándo empezó tu pasión por el diseño de interiores?
La verdad es que no provengo de la típica familia burguesa, crecí en el barrio del Eixample porque mis padres trabajaban en un banco en el Passeig de Gràcia y lo más cerca que estuve del diseño durante mi infancia fue la tienda Vinçon, ya que la atravesaba para ir y volver del colegio. Mi pasión por el interiorismo se manifestó más tarde, gracias a una asignatura optativa. Yo debía tener unos catorce años cuando, en mi escuela, nos pusieron una profesora de diseño. Nadie sabía qué era eso, no debíamos de ser más de cinco alumnos en esta clase. Ella nos enseñó la perspectiva y los puntos de fuga y me puse a crear como un loco: ventanas, puertas, terrazas, mesas… ¡acabé proyectando pubs ingleses y chalets enteros! Se me abrió todo un horizonte.

¿Por eso luego te matriculaste en arquitectura?
Sí, aunque resultó un desastre. Ya me avisaron de que era una carrera en la que tenías que dominar el dibujo y las matemáticas, dos materias que me costaban bastante, pero aún y así lo intenté. Fueron dos años de tropiezos continuos con el agravante de que yo, además, trabajaba, lo que me restaba mucho tiempo y me impedía seguir bien el curso. Hasta que, en segundo de carrera, justo antes de un examen de recuperación de dibujo, abandoné. El mismo día decidí matricularme en diseño de interiores en la Escuela ELISAVA.

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¿Cómo fue el cambio?
En ese momento estaba de pasante en un despacho de abogados y tuve que ponerme a trabajar más horas para pagar la carrera. Por suerte, a los tres meses de entrar en ELISAVA, dos arquitectos me ficharon para sus despachos y empecé a combinar estos trabajos con los estudios. Uno de ellos era Alfredo Arribas, un nombre bastante destacado en Barcelona.

La arquitectura al final te sirvió.
¡Claro! El primer día de clase preguntaron “¿Alguien sabe usar un Rotring?” y fui de los pocos que levantó la mano. Yo ya entendía el lenguaje del interiorismo, sabía lo que era una planta, un alzado, una sección. Esta ventaja me permitió entrar directamente en el mercado laboral. Trabajaba tanto que a duras penas podía dedicarme a los proyectos de la escuela. ¡Me apunté hasta ocho veces para hacer el PFC! Porque cada año cambiaban la temática y ya no me servía lo que había hecho para la convocatoria anterior. Pero por fin pude acabar y conseguir mi título oficial de Artes Aplicadas y Oficios artísticos en Llotja. Sobre el papel, soy un decorador, vamos…

¡Pues a los interioristas no os gusta nada que os llamen decoradores!
Es que son dos profesiones muy distintas. La interiorista Sandra Tarruella lo explicaba muy bien el otro día en una entrevista: el decorador es el que introduce elementos en un espacio para embellecerlo y el interiorista analiza el espacio, lo transforma hasta dar con su mejor versión.

En el extranjero, el concepto “interiorista” no existe, es “arquitecto de interiores”. El decorador, además, entra en un espacio y ya tiene claro cómo quedará. En cambio, los interioristas empezamos el proyecto a ciegas, lo vamos manipulando poco a poco en blanco y negro, buscamos qué interesa más. ¿Mover una puerta? ¿Tirar una pared? No sabemos cuál será el resultado final.

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¿Cómo fue tu aterrizaje en el ámbito profesional del interiorismo?
Un no parar. Viajé en dos ocasiones a Japón. Iba como loco con el cambio horario. Recibía llamadas a las doce de la noche, me mandaban faxes que acababan siendo tiras de treinta metros enganchadas con celo, planos gigantes divididos en fragmentos de DIN A4… Además, el ritmo de trabajo de los japoneses era muy intenso. Tenían a un montón de gente sentada en un tatami dibujando, lo metían todo en una copiadora y sacaban planos en una hora. ¡Aquí tardábamos seis días para hacer lo mismo! Todo se prefabricaba en talleres y en una mañana podían llegar a colocarte la cubierta de un edificio entero con una grúa. Era bestial.

¡Menuda aventura!
Los noventa fueron una década de muchísimos encargos, no paraba de viajar y de hacer restaurantes, discotecas y tiendas, de manera que constantemente necesitaba todo tipo de mobiliario, obras de arte, objetos… De ahí mi obsesión por encontrar piezas que comunicaran algo más, que apelaran a la emoción. Estuve cinco años trabajando en proyectos para Alemania, incluso viví casi un año en Wiesbaden y, mientras, me recorría las ferias de diseño europeas buscando nuevos diseñadores. Para mí era clave aportar a cada proyecto una característica personal, incorporar un guiño que hiciera que el cliente se quedara con la boca abierta, ¡era como sacar el truco final de una chistera!

Ya entonces captabas el talento de diseñadores emergentes.
Sí, y también me rondaba la idea de introducir aquí todos aquellos nombres que iba descubriendo y abrir con sus piezas un pequeño mercado en Barcelona. De aquella época aún conservo los correos electrónicos que intercambié con el gran Michael Anastassiades en los que hablamos de tú a tú. Él estaba empezando, le encontré un mini stand de dos metros cuadrados en una feria en Londres, donde se puso a vender sus lámparas a 100 libras… ¡Ahora valen 5.000! Lástima que no pude lograr el acuerdo porque el cambio a pesetas era fatal.

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Es decir, los proyectos debían incorporar diseño de autor.
Para mí era algo intrínseco, y lo sigue siendo. En el interiorismo de cierto nivel, todo se diseña a medida, hasta las sillas y las mesas. Por eso contratábamos a artistas, escultores, fotógrafos y diseñadores gráficos y los integrábamos en el ecosistema del proyecto. Ya entonces el mueble estándar e impersonal no tenía cabida para mí y la intervención de estos artistas sumaba muchísimo, hacía que el proyecto se volviera superior. El interiorismo tiene que confluir con el diseño y el arte. Es ahí donde cobra sentido.

¿La etapa en el extranjero te abrió puertas en nuestro país?
Sin duda, me aportó cierta repercusión y renombre. Entre otros, aquí he trabajado para Cirsa, desarrollando sus centros de ocio “Big fun” (boleras y espacios infantiles) en Barcelona, Madrid y Portugal. También fui el responsable del cambio de imagen corporativa de Seat (cuando fue comprada por Volkswagen), aplicada a la arquitectura y el interiorismo de sus concesionarios a nivel mundial. Y, aunque no tiene mucho glamour, también he hecho 26 tiendas de colchones, revolucionando el mercado con la dignificación del negocio para cuatro marcas. Propuse un nuevo concepto de espacio-boutique, la experiencia de compra, el interior más rompedor, música ambiental…

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¿El buen interiorismo mejora un negocio?
Absolutamente. Mi trabajo ha sido siempre dar lo mejor al cliente a nivel comercial. Y algo debía hacer bien ¡porque todos acababan comprándose un Porsche o un Mercedes! Les ofrecí lo que necesitaban para que el local funcionara. Recuerdo, por ejemplo, reformar la coctelería Merbeyé y que, poco después, empezara a facturar el doble.

Y el cliente, ¿cuál es su papel en un proyecto?
El mejor cliente es el que tiene claro su negocio. Un buen briefing es garantía de un buen proyecto. A la vez, también es necesario que el cliente esté abierto a escuchar propuestas. Si sabe qué quiere y no tiene miedo de dejarse aconsejar, formará un equipo ganador con el interiorista.

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¿Cómo has acabado siendo, además, galerista?
En 2010 fundé Il·lacions con la intención de vender aquí piezas de autor. Al principio, era una zona de oferta y exposición de objetos en mi estudio de interiorismo en la calle Notariat, en el barrio de El Raval. Con el asesoramiento de un amigo de Nueva York, organicé algunas exposiciones, entre ellas, las de Miquel Subiràs y Carles Riart. También incorporaba piezas de diseñadores extranjeros que me gustaban, como un portalámparas de alambre que servía para sujetar una vela que resultó ser un boom. El arquitecto Elías Torres los compraba de treinta en treinta. Más adelante, decidí centrarme en el diseño local. Con este nuevo concepto, en 2018, trasladamos la galería durante un tiempo a un piso de la calle Rosselló y ahora estamos en un principal de 400 metros cuadrados en La Rambla.

De ahí que todos los artistas de Il·lacions tengan “ADN Barcelona”.
Sí, es algo que conecta con el criterio artístico que me he ido formando a lo largo de los años y que todos tienen en común con esta ciudad. Es una forma de estar, pensar y trabajar que los identifica y hace que sus diseños posean el mismo punto de partida. Este ADN lo puede tener una diseñadora sueca que lleva 15 años instalada en Barcelona, una joyera catalana que vive en Eindhoven o un diseñador madrileño que trabaja más en Catalunya que en su propia ciudad. Y, cuando estás con ellos, lo notas. Sus obras destilan sobriedad, discreción, sensibilidad, ingenio, elegancia, honestidad, reflexión y mesura.

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A diferencia de otras galerías, en Il·lacions se pueden tocar las piezas y además tienen una utilidad, ¡o varias!
Aquí tenemos piezas propositivas, con una historia detrás, capaces de trasladarte a otro mundo. Puedes disfrutarlas e interaccionar con ellas. Lo llaman “arte funcional” o “diseño arte”, pero yo me siento más cómodo con la definición collectible design, que ya da una idea de que se trata de algo único y especial.

¿Por qué creaste Il·lacions?
Porque considero que estamos desaprovechando el gran talento que tenemos en Barcelona y quiero defenderlo, comunicarlo. Ahora mismo ofrecemos 74 propuestas diferentes en nuestra galería, pero sé que en Barcelona existen al menos 1.500 diseñadores que podrían crear una pieza buenísima. Hay que recuperar la mentalidad de los años setenta, cuando la sociedad barcelonesa apostaba por el diseño. Como apuntó el periodista Miquel Molina, desde la gran crisis de 2008 “Barcelona se ha autoexcluido de seguir formando parte de la vanguardia mundial”, y nosotros luchamos para revertir esto dando un espacio y promoviendo el talento que hay en nuestra ciudad. Nuestra misión es crear un legado de artistas locales.

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¿A dónde aspiras llegar?
Il·lacions es mucho más que una galería. Aparte de las exposiciones, publicamos libros, creamos contenido, imaginamos nuevos mundos narrativos. También vamos a empezar un programa de residencias para artistas, que consiste en conectar a un diseñador y a un artesano y “agitarlos” un poco, hacer que salgan de sus mundos para crear juntos algo nuevo. El objetivo es que Il·lacions siga creciendo y acabe constituyéndose en fundación. Me gustaría que fuera un lugar de referencia del diseño emergente en Barcelona, como lo es en Milán la galería Rossana Orlandi.

Queremos agradecer a Xavier Franquesa y al equipo de la galería Il·lacions el tiempo que nos han dedicado para poder realizar esta entrevista.
Podéis descubrir más sobre la galería Il·lacions en illacions.com